La crisis de Ucrania abre una oportunidad histórica para la Argentina
La guerra en Ucrania dejó de ser solo un conflicto militar para convertirse en un factor de disrupción estructural del sistema agroalimentario global. Ataques persistentes, puertos dañados y un Mar Negro cada vez más militarizado están erosionando la confiabilidad de uno de los principales proveedores mundiales de trigo, maíz y aceite de girasol. El impacto ya se siente en Europa, Medio Oriente y África, y obliga a los grandes compradores a redefinir sus estrategias de abastecimiento. Eso, según un informe del Estudio San Martín elaborado por su director, Alejandro Cutrin, le abre a la Argentina una posibilidad de crecimiento que debe ser aprovechada con inversión y desarrollo.
Cutrin sostiene que hoy, la confiabilidad ya no depende solo de la intención del exportador, sino de su capacidad operativa en un entorno seguro.
Según el estudio, desde 2022, Rusia utiliza la seguridad alimentaria como herramienta de presión geopolítica. El bloqueo del Mar Negro, los ataques a puertos como Odesa y la destrucción sistemática de silos, buques civiles e instalaciones energéticas redujeron la capacidad exportadora ucraniana y elevaron costos logísticos y primas de seguro. Las rutas alternativas por tierra y el Danubio alivian parcialmente el flujo, pero son más lentas, caras y vulnerables.
Antes del conflicto, hasta el 90% de las exportaciones agrícolas ucranianas salían por vía marítima, pero hoy ese sistema está fragmentado. El resultado es volatilidad de precios, mayor exposición al riesgo y una fuerte dependencia de soluciones de emergencia que no garantizan estabilidad de largo plazo.
Cutrin detalla que la Unión Europea, pese a su potencia agrícola, depende en gran medida de importaciones de maíz, oleaginosas y proteínas vegetales para su ganadería e industria alimentaria. La interrupción del suministro ucraniano golpea directamente los precios al consumidor y la competitividad del sector. En África y Asia, donde Ucrania destinaba más del 90% de su trigo, el impacto es aún más crítico: riesgo de escasez, crisis humanitarias y desestabilización social.
Ante este escenario, los importadores priorizan previsibilidad y continuidad. Diversificar proveedores dejó de ser una decisión económica para transformarse en una necesidad estratégica.
En este contexto, Argentina aparece como un candidato natural para cubrir parte del vacío que deja Ucrania. Según el trabajo del Estudio San Martín, su capacidad productiva, experiencia exportadora y ausencia de riesgos bélicos directos le permiten proyectarse como proveedor de estabilización del sistema agroalimentario occidental.
Para Cutrin, nuestro país puede fortalecer su presencia en mercados europeos y de Medio Oriente y África, reducir su dependencia del mercado chino y alinearse con una nueva lógica de seguridad alimentaria hemisférica, donde los alimentos son un activo estratégico al mismo nivel que la energía o los minerales.
Sin embargo, el trabajo advierte que aprovechar esta ventana histórica no es algo automático. Requiere inversiones en infraestructura vial, ferroviaria y portuaria para bajar costos logísticos, marcos regulatorios estables, planificación exportadora y una diplomacia económica activa. También implica incorporar tecnología, eficiencia y criterios de sustentabilidad, cada vez más exigidos por los mercados internacionales.
Por eso, el estudio San Martín resalta que para la Argentina, el dilema es claro: actuar ahora y transformar la disrupción global en una palanca de poder económico y geopolítico, o quedar relegada a una inserción reactiva en un nuevo orden internacional. La oportunidad está abierta, pero su captura dependerá de decisiones estratégicas coordinadas entre el Estado y el sector privado.

